lunes, febrero 15, 2010

Por qué no me conviene el Karma I

Después de un verano donde miré fotos, leí documentos, fui a terapia y me acordé de cosas se me ocurrió un hilo -o hilacha- conductora de algunas de esas anécdotas de mi infancia, que fue muy feliz. La hilacha puede titularse "Por qué no me conviene el Karma" o bien "De cómo ser una Niña Cruel".

Si suscribiera a las ideas sobre el Karma, pensaría que en mi próxima vida sería un insecto malo que se enreda en una telaraña por semanas antes de que lo coman, o similar.

Hasta los 7 años Purita era flaquita, rubia platinada y preciosa. Era simpática, desinhibida y saltaba graciosa por el mundo entero.

Pero sin ambiciones todavía de conquistar el mundo entero, sino que sólo a 400 kms. de Buenos Aires, fue que empecé a ser una pequeña yegüita. Así que Chapter One.

Era verano y estábamos alojados en el mismo hotel en Mar del Plata. Parece que a esa edad yo todavía no había desarrollado el placer por la comida que sobrevino y cambiaría mi fisionomía. A esa edad los nenes tienen más interés en jugar que en comer. Por eso, mientras los grandes comían en el comedor del hotel se formó un grupo de chicos que correteaban y rompían las pelotas por ahí. Eramos 7 u 8. Para qué mentir en este espacio, yo era la nena más linda del grupo.

Y bueno, con la naturalidad que se dan las relaciones humanas...Yo 5 años. Él pelirrojo pecoso y correntino,divino. La nena Purita le gustaba mucho al pelirrojo. La seguía a todos lados, la trataba increíblemente bien, y hasta conseguía flores para regalarle y agasajarla. Purita se sentía muy bien en su compañía y le tenía mucho aprecio. Le resultaba atractivo y amable.

Así, todos los días el grupito de nenes ansioso de encontrarse, correr y jugar. Pasa que lo normal a esa edad es que los nenes y las nenas se repelan un poco, o al menos me consuelo pensando eso.
Yo sentía que tenía una reputación de linda y canchera que cuidar, que los sentimentalismos no eran cancheros sino cursis, melosos e indeseables. Así fue que en presencia del resto del grupo, yo me escapaba del pelirrojo y lo desairaba. Por vergüenza, por canchera, por boluda, por histérica.

Años después le concedo la duda y tengo cierta certeza melancólica de que seguro habría sido un partido excepcional vencida la distancia.
Así fue que desde chiquita aprendí lo que son los amores de verano, y practiqué ser una yegua histérica.

chin pum. (qué bárbaro cómo se agotan mis aptitudes literarias, carajo)

No hay comentarios.: